jueves, 22 de diciembre de 2016

Paseos bonaerenses





Salir del hotel en la esquina Paraná con Viamonte. La calle desierta a las ocho de la mañana. Ayer viernes era un ajetreo de gente y de coches. Veo a una mujer esperando el bus, sola. Sonríe a una paloma, como si la paloma fuese un gato. La soledad de esa mujer debe ser grande. Llego a la Avenida Corrientes, tampoco hay casi nadie. Las tiendas son los ojos abiertos de la avenida. Un mendigo bajo el tejadillo de un quiosco le habla a una paloma también. Esta mañana, al amanecer, tras la ventana del cuarto del hotel, me sorprendió el vuelo de unos pájaros en medio de tanto cemento. Eran palomas que buscaban acomodo en las cornisas.

(del diario)

lunes, 12 de diciembre de 2016

Marosa di Giorgio




Marosa di Giorgio nació en Salta (Uruguay) en 1932 y murió en Montevideo (Uruguay) en 2004, en casa de su hermana Nidia. Su familia provenía de Italia y del País Vasco.
Empezó a publicar en los años cincuenta. En 1979 la Editorial Arca reunió sus anteriores libros bajo el título Los papeles salvajes. Posteriormente la editorial argentina Adriana Hidalgo publicó su obra revisada y completa, en 1999. El conjunto de la obra de Giorgio se compone de relatos, poemas, narraciones breves, de género inclasificable, su obra puede ser una variación del mismo tema o varios temas alrededor de una variación.
Las sucesivas transformaciones del yo lírico, la insensatez de un deseo sin cortapisas, intenso y violento, hereje y blasfemo, que tiene su campo en los procesos e impulsos corporales de la escritura, no en la realidad de un referente objetivo (Roberto Echavarren).
En su poesía no existe el límite de lo verosímil, tampoco las imágenes están colocadas en lugares de la racionalidad, un despliegue de imaginación sin límites abre las puertas de su infancia constantemente cerrándose en algunas habitaciones, sobre todo la de la madre. Animales, plantas, seres indefinidos o inventados, recorren sus escritos, no manifestándose sentimientos subjetivos.
La subjetividad de Marosa queda reflejada en los puntos donde coloca la alucinante fantasía de sus recorridos.
“Vine a la luz en este florido y espejeante salto del uruguay, hace un siglo, o ayer mismo, o mismo ahora, porque a cada instante estoy naciendo. Era por junio y por domingo y a mitad del día. Imagino el rostro pálido de mi madre, y más allá a los campos con la escarcha crecida –como mármol levísimo, lúcido, adecuado sólo para construir estatuas de ángeles – y con las telarañas cargadas de perlas, y las naranjas como bombas de oro…” (en Señales mías, un a modo de autobiografía)

Homofonías, aliteraciones, imágenes incompletas o fluidas. Más que describir, la narradora va escogiendo entre parentescos sonoros. Las homofonías liberan una energía ya que del discurso embotado se pasa de repente, a través de sustituciones pérfidas, no a un significado, sino a un aura de esclarecimiento y goce (comedores, corredores, huesos, huevos, etc). Los protagonistas no son personajes sino acontecimientos (un viento, una helada) que toman la figura transitoria de caracteres.
La escritura original de Marosa no puede clasificarse. Con influencias de Lautréamont, o cuentos de origen celta, sus relatos poéticos encubren y muestran a la vez escenas eróticas de gran intensidad que se diluyen al ser mostradas por referentes donde los personajes: colegialas y jóvenes aniñadas, como de otra época, provenientes de una prehistoria donde el ritmo está marcado por el gran acontecimiento de las nupcias, la virginidad, los requerimientos sexuales y el contacto directo con la naturaleza, la proveedora de maravillas y crudezas.
Era una mujer muy llamativa. Vestía de una manera extravagante, el pelo teñido de rojo, frecuentaba cafés en Salta y en Montevideo y fue invitada a varios países latinoamericanos como invitada para leer su poesía. Lamentablemente no pude llegar a conocerla, ese verano me enteré de su muerte por una nota que Diana Bellessi escribió en la prensa argentina. Sin embargo, a su hermana Nidia, también escritora, pude conocerla y conservo un gratísimo recuerdo.




sábado, 3 de diciembre de 2016

Los antiguos domicilios








El otro día explicaba en una reunión qué quería decir el verso “Me gustaría ser un hombre de fino bigote que toma el autobús”. No es el deseo de ser otro, ni de un cambio de identidad, sino salir del lugar vacío donde colocaron a las mujeres desde hace siglos, cuando a falta de un hombre no existía la posibilidad de prosperar. En una casa sin hombre las mujeres languidecían (en La Casa de Bernarda Alba, Lorca lo explicó muy bien), de tal manera que ser un hombre aunque mediocre, del montón, ocupa en el imaginario una mayor relevancia que cualquier mujer. Un poema no puede explicarse, pero puedes des-velarlo con el tiempo. Al escribir aquel poema titulado Otra no sabía que estaba escribiendo impulsada por aquellas huellas impositivas nos habían dejado en el inconsciente. 


en Ed. La isla de Siltolá, Sevilla 2015

lunes, 21 de noviembre de 2016

Me parte





Desamor

Me parte. Que no me olvide
si me partiera más
dentro de unas veladas
cuando cuaja la risa

y es porvenir casi todo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

del Diario




2 de enero.

Paso el día leyendo el diario de Ángel Crespo. No sé por qué lo he tomado de la estantería, supongo que es la lectura que más me gusta últimamente, la del diario. Intenté leer una traducción de Hélène Cixous, Ser dos, pero no puedo con ese lenguaje tan intrincado y poco luminoso. Crespo, a juzgar por su diario –que leo por segunda vez en el transcurso de 16 años- era un hombre muy exigente, conservador, elitista... y no tenía en cuenta a las mujeres, tan solo su compañera Pilar a la que se refiere continuamente. De Rosa Chacel comenta que su literatura es autorreferencial;  de Martín Gaite que fue consentidora del régimen y con ello le pagaban favores;  de Agustina Bessa Luis que vivía en una mansión. Ni un comentario acerca de la poesía de su tiempo. Estamos hablando de finales de los setenta. 
Muchas referencias a su trabajo, a los comentarios que la prensa hacía de su obra y de sus traducciones. Muchas reflexiones acerca de lo inculta que es la gente, cierto desprecio a Miguel Hernández y a Antonio Machado por encontrarlos poco cultos;  también a García Lorca,  del que dice que escribe dando tumbos y a veces acierta. Me sorprende, ahora que se han cumplido veinte años de su muerte, que se vayan a editar tantos libros sobre él. A mi su poesía siempre me ha resultado muy fría, un témpano. Su trato era cordial, le gustaba hablar y mostraba su amplia cultura en las ocasiones que coincidí con él. 
Coincidí con Pilar, su mujer, hace unos años en el autobús después de una de las tertulias de Carena en el desaparecido café Nostromo, en Barcelona. Me dijo que mi poesía le parecía cubista. La idea es muy buena. Pero volviendo a Crespo, me sorprende la imposición de toda la tarea que se impuso,  entre traducciones, prólogos, reseñas, estudios y contestar cartas. Su propia poesía estaba en el mismo listado. Crespo observa ante un terremoto en la ciudad donde vive en Puerto Rico que los desmanes de la naturaleza le parecen poco dignos de atención como todas las manifestaciones de barbarie y fuerza bruta. 

viernes, 21 de octubre de 2016

Andrea Blanqué






Nació en Montevideo en 1959. En 1981 comenzó sus estudios de Literatura y ese año obtuvo una beca para viajar a Barcelona, Málaga y Madrid. Ha escrito poesía, relatos, novelas y artículos sobre literatura.
La primera novela que leí de Andrea,  la conseguí en Montevideo; me causó gran sorpresa que,  habiendo publicado en Alfaguara,  en España no hubiese ninguna edición de sus novelas. Puede suceder y sucede que muchas veces la literatura no pasa fronteras físicas, pero acaba llegando porque su transmisión corre de voz en voz. A me consta que la obra de Andrea Blanqué bien puede equipararse a la de la mismísima Carmen Laforet o Rosa Montero. En la actualidad no soy muy lectora de novelas, lo confieso, pero cuando he tenido entre las manos las de Andrea Blanqué no he podido dejarlas.

La pasajera (2003) fue su primera obra. El tono desenvuelto en un registro coloquial, a modo de diario,  me gustó mucho. La historia es la de una mujer que cría sola a sus dos hijos,  está divorciada de un hombre que vive en Israel. La manera de fragmentar en 216 párrafos una historia que va dejándote una sensación de familiaridad , aunque no compartamos más que haber nacido en los años cincuenta y ser mujeres, que es bastante.
El tono es el que he utilizado para mis diarios y la única novela que he escrito hasta ahora, es un tono cortante, que desmenuza los hechos cotidianos a una velocidad de lentitud. La protagonista muchas veces menciona que está en lugares donde yo también he estado o he deseado estar. Hay una misteriosa y mágica familiaridad:

Estoy en la  Terminal Tres Cruces y espero mi ómnibus en dirección a Piriápolis. Otra vez Piriápolis.
Tomé un taxi hasta el enorme hotel, cuya mole clara había divisado desde la ventanilla. Una masa de aire caliente me recibió al dejar atrás las escalinatas y traspasar las puertas giratorias (…) Pronto el clima de un gran hotel me ganó y me llenó de entusiasmo. (Las fundas de las almohadas tenía bordadas las iniciales del Argentino Hotel de Piriápolis. Apoyé allí la mejilla e inmediatamente quedé dormida” (La pasajera)

Fui a Piriápolis en 2004,  después de haber visto en Montevideo la película Whisky de Juan Pablo Revella y Pablo Stol. Se trataba de la  triste historia de una trabajadora que pasa sus días laborables en  un taller de confección de calcetines cuyo dueño era judío asentado en Montevideo, residente en el barrio de Pocitos, uno de los mejores de la ciudad del Río de la Plata.
En aquella película vi por primera vez el hotel Argentino,  y al día siguiente me fui a la estación de ómnibus de Tres Cruces, tomé un autobús que en menos de tres horas me dejó en Piriápolis. Allí me alojé durante dos días en dicho hotel. Como era octubre, apenas había tres o cuatro familias en un hotel de más de 500 habitaciones. Recuerdo aquella canción que era también el fondo musical de la película.  Leonardo Favio repetía el escribillo… Hoy corté una flor, y llovía,llovía… que resonaba en mis quince años. Las calles vacías de Montevideo…

La segunda novela fue Fragilidad, se publicó en  2008. Otra afinidad con Andrea, u otro encuentro. La novela comienza con unos versos de Emily Dickinson:
Yo no soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres-Nadie-También?
¿Ya somos dos entonces?
¡Ni una palabra! ¡Lo pregonarán, ya sabes!

Se trata de un relato apoyado en la amistad de dos amigas treintañeras:   Anya, casada, cada noche, en la soledad de su cocina, se pone a beber vino barato. Poco a poco la paulatina visibilización del problema –que es lo que me parece tan logrado en su narrativa- va haciéndome entrar en la historia.  Una mujer que se interna en la noche y va a parar a los peores bares. Anya irá descubriendo placeres como el de tocar la guitarra y cantar,   en una historia oscura que se desvela poco a poco embotando la situación vital de la protagonista.
Andrea Blanqué logra hundir el cuchillo en un Uruguay embotado y detenido. Aparece la ciudad desplegada en su deterioro, se notan las resistencias al cambio –lo que me fascinó tanto  y di cuenta de ello en mi Diario de Montevideo- .
Hay muchas fragilidades en el texto y en todas aparece un sub-relato que toca lo real, guiños de malestar polarizados en las incursiones de la protagonista en sus escenas cotidianas, casi al margen de ella. El relato se hunde en las calles de Montevideo y una va reconociendo sus singulares venosidades donde transcurre la historia.
En Atlántico, será la ciudad de Barcelona la que transita la protagonista. Lucía, una becaria que llega de su Montevideo natal a Barcelona ilusionada con una beca para el Conservatorio de Música y que suspende. La novela empieza con la protagonista deambulando entre las calles Bruch y Valencia y una siente su perplejidad porque las calles en realidad son arterias que nos llevan de un lugar a otro de la memoria.
La cualidad de su narrativa es que no solo te perfila los personajes y ambientes donde parece que estás dentro,  sino que los vives, como si tú también estuvieses implicada en la historia. La trama, escrita a dos tiempos, nos hace viajar de un tiempo a otro. En uno,  es Lucia quien escribe el diario. La desolación de la muchacha que deja una hermana en una casona antigua en la ciudad de Montevideo, ambas huérfanas. La historia paralela es narrada en tercera persona. El ambiente de la ciudad de Barcelona: el barrio gótico, el Raval, el Ensanche, la Travesera de Dalt,  cerca de Lesseps, el Parque Güell… y desde su diminuto apartamento de Poble Sec, ella mira desde un ventanuco donde se divisa “el campanario de una Iglesia y más allá,  El Tibidabo”. Ese ventanuco es el espacio vital donde se moverá la protagonista.
Al principio de la novela dice: “Estoy en Barcelona pero no estoy aquí”. En este relato resuena constantemente la novela de Carmen Laforet, Nada. Recordemos que la narración se ubica en un piso de la postguerra española en la calle Aribau, cerca de la plaza Universidad.
No voy a explicar la novela, solo punteo lo que me ha llamado la atención como el inicio y quizás el recorrido de una ruta que amparándose en ciudades como Barcelona y Montevideo, me une a la escritura de Andrea Blanqué por sus recorridos vitales desde la más extrañada mirada. Novelas como las de Andrea Blanqué no dan soluciones para ser más feliz, ni dejan un aroma a romance; tampoco relatan los grandes acontecimientos del pasado explicados por una protagonista desdeñosa. Son experiencias vitales que nos afectan, porque eso es la literatura.

Concha García




sábado, 15 de octubre de 2016

Alfabeto (Inger Christensen)






Mientras escucho un cedé de sonidos de pájaros para  sobrellevar  el ruido de la  ciudad que llega tras la ventana, abro el poemario de Inger Christensen recordando su afable rostro sonriente en Barcelona,  hace ya unos cuantos años. Recuerdo su cuerpo menudo y su potente voz enunciando sus acompasados versos. Entonces ella  tenía  cincuenta y siete años. Nació en Vejle, Dinamarca en 1935, y murió en 2009 en Copenhague. Su obra es considerada cumbre de la poesía danesa. Ha sido candidata al premio Nobel. Traducida a más de treinta lenguas,  recibió  numerosos premios, entre ellos el Premio Nórdico de la Academia Sueca. La editorial Sexto Piso inaugura colección de poesía,  y lo hace editando Alfabeto, que todavía no había sido traducido al castellano.
Según Octavio Paz, la poesía moderna se mueve entre dos polos, que él llama lo mágico y lo revolucionario. Lo mágico consiste en un deseo de regresar a la naturaleza mediante la disolución de la conciencia de uno mismo, que nos separa de ella. Lo revolucionario exige “la conquista del mundo histórico y de la naturaleza. Ambos fundamentos convergen en la poesía de la poeta danesa.
Alfabeto es uno de los libros esenciales de la poesía europea del S. XX. Se trata de un largo poema inspirado en las reglas que rigen la naturaleza y las matemáticas (era profesora de matemáticas). “Las proporciones numéricas están en la naturaleza, como la forma en que un puerro se envuelve a sí mismo desde dentro”, dijo al publicar Alphabet en 1981. Se basó en dos principios de composición. El primero es la secuencia de Fibonacci. El primer poema de la serie tiene un verso, el segundo dos, el tercero tres, el cuarto, cinco, y así sucesivamente. El segundo es el alfabeto. Cada poema y las palabras que utiliza, sigue el orden de las letras: a, b, c, d, e. Sin embargo, bajo esa forma aparentemente estricta, hay lugar para el azar. La autora emprende un viaje paradisíaco, donde poeta y lenguaje se fundan en unión. La lógica,  en el poema no existe. Solo aquello que ocurre en la poliédrica dimensión de la realidad. Hay algo extraordinario/ en la manera en que las palomas/ viven mi vida/ como una evidencia”.
La cadencia con su fuerza enumeradora dotan a la obra de una estructura sistemática que abre la conciencia de quien lo lee por todos lados. El poema parece estar escrito desde la cocina de su casa, una casa rodeada de árboles en cuyo exterior los animales, las plantas, el movimiento de las nubes, en fin, todo lo que existe porque lo vemos deja una evanescente impresión de visibilidad de lo invisible. El paso del tiempo sin que nadie se aferre al su detención melancólica, se mueve con una asombrosa precisión en el nombrar constante de todo lo que existe. Sentimos el oído, la voz, el olfato, el tacto, miramos con la lectura pero el poema se va introduciendo como una música lejana que envuelve y acerca su melodía hasta inundarte. Para Christensen, el lenguaje es directa emanación de la naturaleza, y los primeros versos de Alfabeto parecen brotar de la misma: Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen. Es su ojo quien nombra y quien mira: los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras/ y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno. El hidrógeno que posibilita que la bomba de cobalto exista, y que exista el poder destructivo del odio, pero también existen los niños que aseguran la continuidad del alfabeto, del mundo: Como si alguien hubiese/ juntado el tiempo/ y lo hubiese empujado/ a través de la puerta de/ una habitación”. Sin la traducción excelente de Francisco J. Uriz, que ha hecho concondar el vocabulario danés con el castellano respetando los 386 versos que forman Alfabeto.



sábado, 8 de octubre de 2016

del diario



No alcanzaba a ver si lo que sucedía era cierto. Había encontrado en el suelo un par de lápices, el lugar era muy pobre, devastado casi, las gallinas en la calle solían cruzar delante de la casa donde pasaba todas las estaciones del año. Hundí mi sentimiento en aquella luz y salimos para abrazar el aire. Todo aquello que parecía imposible sucedió estando sentada.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Joan Vinyoli



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En 1980 José Agustín Goytisolo publicó en Lumen 40 poemas de Joan Vinyoli y creyó necesario redactar unas líneas que informaran sobre la historia de Cataluña. Recordaba que Cataluña era una nación claramente diferenciada dentro del Estado español, y concluía: “Pese a obstáculos y avatares, opresiones e injusticias históricas que a grandes rasgos se han trazado aquí, el valor de los escritores en lengua catalana es sorprendentemente alto en el contexto de la literatura univesal. De ello nos va a dar prueba concluyente la poesía de Joan Vinyoli”. Casi veinticinco años después podemos decir que está sucediendo exactamente los mismo, pero al revés.
En Barcelona y Cataluña en general se da una realidad que no deja de ser paradójica. Como en todas partes hay poetas, solo que aquí se segregan por la lengua en la que escriben y da como resultado  que quienes escribimos en castellano, al contrario de lo que sucedía hace unos años, institucionalmente somos borrados del mapa. Casi nadie se atreve a hablar de este asunto porque se tiene miedo de que te acusen de españolista o anti-catalanista, así que un silencio consensuado e incómodo nos hace hablar con la voz muy baja de este asunto preguntándonos hasta dónde llegará todo esto.
Se cumplen cien años del nacimiento del poeta Joan Vinyoli (1914-1984) Este año tenemos ediciones completas, antologías, página web, conferencias y homenajes, lo que no es de sorprender,  ya que Vinyoli fue un poeta excelente, más bien pesimista y doliente, que escribió una obra lo suficientemente turbadora como para que sea recordado y traducido, y aquí me detengo. La traducción al castellano es del poeta y traductor Carlos Vitale, argentino afincado en Barcelona desde 1981, a sus espaldas varios premios de traducción en lengua italiana y varias traducciones de otros poetas catalanes. El prólogo nos acerca al alma de su poesía, conciso y certero lo ha escrito el comisario de la conmemoración del año Vinyoli, el escritor Jordi Llavina.  Vinyoli fue el primer escritor en catalán que recibió el Premio Nacional de Poesía (post-mortem), fue reconocido por sus traducciones al castellano y por los elogios de su obra como los de Juan Luis Panero,  Vicente Valero, el mencionado José Agustín Goytisolo, entre otros.
Hay una manera de construir la tradición literaria que consiste en nombrarse unos a otros alrededor del poeta mayor aprovechando que se celebra un evento relacionado con su muerte o con la primera edición de su libro. El mapa se queda muy pequeño porque casi siempre son los mismos quienes están en todas partes y al final no sabemos, en caso de que Vinyoli estuviese vivo, hasta qué punto estaría de acuerdo con la  gama de elogios que flotan alrededor de su obra.
Joan Vinyoli es uno de los poetas imprescindibles que recomiendo leer. Intenso, cotidiano, realista, pesimista, lúcido, poco amigo de seguirle el juego a nadie  y luminoso. Traductor de Rilke y buen receptor de su obra, se tomó en serio aquella máxima del entonces  joven poeta alemán que en los Cuadernos de Malte Laurids Brigge,  decía que la poesía no es cosa de sentimientos, sino de experiencias. Fue pobre, tuvo que ponerse a trabajar muy joven en la editorial Labor que después sería absorbida por la editorial Barral.  Allí trabajó toda su vida hasta que se jubiló. Vinyoli se sintió marginado por la crítica y los poetas de su tiempo, relegado de las antologías por no haber compartido las corrientes estéticas del realismo social. Así los expresaba: “Al acercarse la vejez, todavía continúo persiguiendo lo real poético a pesar del silencio y la marginación en la que algunos pontífices de la crítica del país me tiene y me tendrá porque resulto incómodo y ya lo saben todo y no encajo en sus parámetros”. Le darían a título póstumo, un año después de su muerte, el Premio de la Generalidad Ciutad de Barcelona, el Ciutad de Mallorca y el Serra d’Or. Lamentable.
Su poesía se propone trascender la mísera condición del hombre y aunar instancias de nuestra experiencia. “Hago de nada, con palabras, un provisional/ rellano, cuando ya la escalera no sigue/ y da al vacío – desde donde se pueda ver/ la explanada del tiempo con sueños aparcados/ por siempre jamás: al fondo, un monolito de pórfido/ que no se corresponde a ningún interrogante. Abiertos/ los ojos miran un azul intenso de mar/ en movimiento que se va volviendo arena (…)


domingo, 4 de septiembre de 2016

Un poema de Giovanna Recchia







Colores se desplazan
mareo del minuto en que llega la palabra
La forma de la duda
es un monstruo que se alza
sin rostro que nombrar
sin sombra
noche que le toma el cuerpo desmedido
y se abre
se estrella
se mutila

trizado el poema
fragmentos de la lengua
acobardada


Giovanna Recchia

(Trelew, Chubut, 1973)

lunes, 29 de agosto de 2016

Belleza



La belleza está asociada a un estado de calma y de bienestar donde participa el oído, la vista, el tacto, el olfato y la percepción del mundo, La naturaleza gravita , por una parte, en objetos bien definidos como frutas, árboles, arbustos, animales, seres humanos, rocas, picos montañosos o estrellas; por la otra, es un continuo que nos rodea o hace de telón de fondo: aire, luz, temperatura, espacio. Tendemos a segmentar los continuos de la naturaleza... (Yi-Fu Tuan)

sábado, 20 de agosto de 2016

La herida narcisista

 




Cualquier persona puede ser amada. El ser más estrafalario del mundo es objeto de devoción para el amante fervoroso. El amor es una experiencia compartida pero no tiene por qué ser la misma para ambos. Existe el amante y el amado. Según Carson McCullers, (Columbia, Georgia 1917-Nyak,  Nueva York, 1968) ,  en su inolvidable relato La balada del café triste escrito en el año 1951, es mejor ser amante porque “muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante”. La teoría del amor que nos transmite la escritora norteamericana parece penetrar en Amelia Evans la protagonista alta y morena “con huesos y músculos de hombre”. Una mujer con el pelo corto hacia atrás que de repente se enamora de un jorobado tísico. ¿Qué descubre esa mujer en alguien tan adverso físicamente? No sabemos qué le da. Tampoco sabemos si hace el amor con ella, ni si tiene conversaciones interesantes, ni de donde viene, ni qué pretende. Sabemos, eso sí,  que aparece en la más absoluta pobreza y sin embargo, es capaz de seducir. “El valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante”. Ella de pronto descubre en ese ser que su necesidad de amar carece de un destino. Probablemente el hecho de que sea extranjero le predestina como objeto de  su amor porque lo nuevo y lo no convencional le atraen ya que son un reto para ella porque es una persona que necesita luchar. Parece decirnos Carson McCullers  que la calidad del amor es la misma siempre que el amante invente a su amado, y no importa demasiado el aspecto. Sólo el deseo permanente de amar para sentirse transformada. Y claro, es el amante quien posee la palabra y por lo tanto dota de sentido al amado. Quien puede articular el discurso del deseo está en posesión del poder del lenguaje. McCullers elabora una teoría del amor que sin duda está latente en nuestra manera de mirar el mundo mediante el papel que nos otorgamos cuando amamos: elegir nosotros. La maravilla probablemente se encuentre en la ductilidad de los papeles, en saber que éstos pueden intercambiarse y de pronto sorprenderte con que eres la amante.
También existe otra medida del amor y es la que Jeanette Winterson, (Lancashire, Inglaterra, 1959), plasma en Escrito en el cuerpo ( 1992). Tenemos una voz narradora que no desvela su género.  Comienza diciendo: “¿Por qué la pérdida es la medida del amor? Esta es la historia de un trío –recurrente situación en la obra de Winterson- . El narrador ama a Louise, mujer casada con un médico judío, éste juega a que quiere a su esposa. Es un juego con matices porque ¿Cómo se puede seguir jugando cuando las reglas cambian constantemente? Un amor no se puede escudar dentro del matrimonio “patético con muchos sentidos” nos dice la escritora inglesa. Antes  de conocer a Louise, otra amante del narrador de la novela de Winterson, después de dejar la relación con una mujer llamada Bathsheba, también felizmente casada, rememora aquella felicidad al recordar otros amores porque “la naturaleza es fecunda, pero voluble. Un año deja que te mueras de hambre, y al año siguiente te mata de amor”. Wintersson en su obra se ríe de las coordenadas tiempo-espaciales convencionales y su personaje salta de alma en alma intentando encontrar aquello que realmente merece la pena: el despertar del amor dormido.  Pero el amor tiene tiempo de caducidad a no ser que la pérdida sea su medida. Louise se pierde y la búsqueda de la amada ocupará el tiempo real e imaginario de la amante. El cuerpo  manda. “¿La deseas cuando la miras? ¿La ves cuando la miras?”.  Consiste sobre todo en no tener en cuenta los clichés y parecer lo menos sensato posible. “Nadie puede legislar el amor; no se le pueden dar órdenes, ni engatusarlo para que se ponga a tu servicio. El amor pertenece a sí mismo, sordo a las súplicas, inmutable ante la violencia. El amor no es cosa que se pueda negociar”. Los personajes de esta autora inglesa sienten el deseo suspendido en un cuerpo que se echa de menos porque no se ha disfrutado del todo.
No importa quien narre, Winterson da textura y espesor al amor y lo sustrae de la pareja convencional. Su literatura enlaza con la tradición no realista que dejaron otras escritoras como Wolf y Stein y desmonta una política sexual dominante y basa su  ideología en la reivindicación del placer. . Nos enseña, sobre todo, que en cuestiones de amor, no manda nadie y en su efímera esencia radica todo su encanto. Es la ausencia del ser amado lo que construye el deseo y la pérdida del mismo aquello que potencia el amor. Imposibilidad y goce se materializan en la misma persona porque mientras dura el deseo todo es posible y será el cuerpo de los amantes quienes den la medida del amor. Miradas poco convencionales articuladas alrededor de un discurso que se aparta de los modos conservadores de poseer a otro, esos que derivan en la indisolubilidad del matrimonio, o lo que es lo mismo, en la quimera de sostener que el amor y el deseo deben ser eternos.
En El bosque de la noche (1936) la obra maestra de Djuna Barnes,  (Nueva York 1982-1982), donde se relata la pasión de la escritora neoyorquina por Thelma Wood. Centrada en el París de los años veinte y focalizada en la vida nocturna de algunos personajes que fingen una ascendencia aristocrática o una profesión de artista. La figura de Robin está inspirada en Thelma. Es esa mujer que seduce por su físico y su animalidad tanto a hombres como a mujeres. Despreocupada y pasional su destino parece ser el de conquistar su lugar como amada. Nora, el alter ego de Barnes, quedará seducida por esta mujer y construirá a partir de su experiencia amorosa con ella un discurso basado sobre todo en la pérdida. Porque El bosque de la noche es un libro que parece estar escrito con rabia. “Ella era una de esas personas que nacen sin recursos, salvo el recurso de sí mismas”, piensa Nora cuando conoce a Robin en un circo comparándola con una leona. El animal es inocente y por lo tanto Robin  tiene el don de la falta de culpa porque su inconstancia le salva de tener una conciencia obsesiva.  La novela refleja la impotencia de la amante que ve como la amada no se inscribe en el destino que tenía preparado para ella, o lo que es lo mismo, reconocer que la posesión es un asunto que una misma establece con sus fantasías. El vagabundeo de su amante de bar en bar y de cama en cama no es una metáfora de la libertad, sino de la inocencia:  “El mundo y su historia eran para Nora como un barco en una botella; ella se mantenía fuera, sin identificarse, interminablemente absorta en una preocupación sin problema”. Pero a la vez esta conducta disoluta pone de manifiesto la condición humana en la que la satisfacción de cualquier deseo parece ser un objetivo imposible. Los parlamentos del ambiguo doctor O’Connor, que en realidad dan voz a la conciencia de Nora,  iluminarán las zonas oscuras de este apasionante texto que también dice la verdad sobre nuestra naturaleza porque “la pena del hombre va cuesta arriba. Cierto, es muy pesada de transportar, pero también es pesada de conservar. (...) No existe la pena pura”. Es un continuo vagar de amor en amor para que se cure la herida de la existencia porque todo deseo es insaciable y absolutamente narcisista.

CONCHA GARCÍA

 Publicado en ABC Cultural, 15/07/2000