martes, 15 de agosto de 2017

Un día de agosto en Saint-Tropez

Un día de agosto en Saint-Tropez









Fuimos temprano a Saint-Tropez desde Cap Brun, en Toulon. Estamos a unos setenta kilómetros de distancia. Fue la segunda intentona después del pasado jueves, a la altura de Hyères ya había caravana para entrar y todavía quedaban más de treinta kilómetros. En esta ocasión, la autovía no estaba demasiado llena, teniendo en cuenta que madrugamos para que así fuera. Pasamos por la zona de viñas con la denominación de origen:  Côtes-de-Provence, tan bellas como los exquisitos vinos que produce, sobre todo los rosados, que se beben como si fuese agua y te dejan una agradable sensación nada parecida a la de los vinos secos y duros. Durante varios kilómetros solo vemos coníferas y vides, además de los autos correspondientes, cada vez más abundantes en todas partes. Alguna vez iremos en autos voladores, no sé cómo será mirar hacia el cielo, si el efecto que producirá será el de sentir que estás bajo una gran tela de araña.
Esta parte de la costa azul es escarpada y sus accidentes geográficos hacen imposible ir en línea recta. Junto al mar, está llena de calas y en algunas no se puede acceder si no es en barco. Llegamos a Saint-Tropez a las nueve de la mañana, vimos instalado el circo Price y a más de una joven rubia corriendo con el cuentakilómetros en el brazo antes de entrar en la población con más glamour de esta zona y de otras de Francia . Ya estaba a rebosar de gente. Encontramos un ángel con el nombre de María Pía, argentina que lleva 27 años viviendo en Saint-Tropez.  Se encargaba de publicitar un paseo en barco por la costa y la bahía de Saint-Tropez por 11 euros. ”À bord du bateau Rose des vents, una promenade familiale pour vivre 1 heure de détente commentée en direct per notre équipage entièrement tropézien”.
Agradablemente sorprendidas al encontrar a alguien que hablara nuestra lengua, le preguntamos más cosas. Nos dijo que el mercadillo de los sábados iba a estar hasta las dos, y que a esa hora se recogía la gente. Que era una ciudad muy cara; que el turismo la encarece más, y que hasta los ricos están en crisis ya que suelen alquilar sus enormes embarcaciones de recreo. Días atrás estuvieron Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa en uno de ellos, una embarcación, cuyo precio es de 42 millones de euros, de un millonario que los invitó a pasear. De Niza al barco en helicóptero. Hace tiempo que me desprendí de los libros de Vargas Llosa, incluida su biografía.
Un día de amarre en el puerto cuesta 4.000 euros. No se le veía muy feliz por todo ello a María Pía, nuestro ángel. Fuimos hasta el mercadillo, atravesamos callejuelas con escaparates que exhibían ropa y complementos carísimos. Ahí estaba Louis Vuitton, entre otras marcas, que también están en el Paseo de Gracia de Barcelona. El capitalismo en todo su esplendor, pero en pequeñas tiendas con encanto y dependientas de portada de revista de modas. Me sentí incómoda ante el aluvión de gente. Sé que formo parte del grupo, que no estoy fuera, pero es difícil escribir esto sin mi observador yo. En el mercadillo vendían de todo, como cualquier otro, solo que los precios eran mucho más caros. Nos compramos dos camisetas, y tuvimos la tentación de comprar un mantel, menos mal que nos detuvimos. Después fuimos al paseo en barco.  Nos adentró en la bahía, que era muy hermosa, azul y bordeada de montañas, amplia, salpicada de embarcaciones grandes y pequeñas, conducidas por ociosos turistas, rubias perfectas tomando el sol en la proa, algún nadador que saltaba al mar desde su embarcación. Fuimos viendo la ciudadela, el viejo Saint-Tropez, donde vivió en los años sesenta Juan Goytisolo con su esposa, y las villas de las celebridades. Cómo no,  las dos casas de Brigitte Bardot, una escondida para que no molesten los paparazzi apostados frente a la otra, la que está en la costa, mucho más modesta que la villa de la hija de Tatiana Yeltsin, o la de los dueños de la cerveza Heineken, o la de Román Abramóvich, propietario del Chelsea Football Club, o la de Louis Vuitton, cuyos bolsos de precios astronómicos son imitados y los venden los top manta en diversas ciudades.   También está la villa de Elton John, y la Mohamed Al-Fayed, entre otros y otras… Generalmente no viven allí todo el año, y a veces ni siquiera aparecen, aunque deben pagar su mantenimiento. El exceso, en cualquiera de sus modalidades no es algo que me atraiga especialmente, en este caso me produce indignación. Recientemente el equipo de fútbol francés que ha comprado a Neymar por la modesta cantidad de 222 millones de euros, le alquiló una mansión por 50.000 euros al día, donde celebraron una fiesta por todo lo alto.
El paseo fue agradable y pude ver Saint-Tropez desde lejos. El escenario de muchas películas de Louis de Funès se quedó convertido en eso, un escenario. Dimos otro paseo por las cada vez más atiborradas calles hasta que decidimos tomar cada una su camino durante una hora. Me sirvieron una cerveza carísima, la gente iba acomodándose para comer en todos los restaurantes, en la terraza del Café Sénéquier, dos mujeres ancianas con operaciones faciales varias me miraron con desprecio, sus rostros eran casi iguales, y me imaginé una escena en el infierno con caras de aspectos similares, como la del hombre que tenía al lado, mientras tomaba la cerveza, de refilón pensaba que era un joven por su ropa, lo miré atentamente y descubrí otro anciano peinado a lo garçon con el cabello negro. Los ricos todavía no pueden detener el tiempo, esencia de lo que somos, o sencillamente, lo que nos queda por vivir.







lunes, 24 de julio de 2017

Poema de Leónidas Escudero







5-Contradicciones: "Misterio”

Tengo que regresar a donde nunca estuve.
¿Cómo? Como lo oíste,
porque si fuera yo de aquí
no sentiría las ganas de pegar la vuelta a
donde no sé.
Pregunto a loj amigo,
y diligentes hormigas y a árboles,
a todo bicho y nadie sabe nada de nada.
Y esto que digo es triste,
ser exiliado a un país allende
más allá de allá a donde siempre
estoy yendo y siempre
nada.
Hasta si muevo un dedo
sé que me estoy acercando y voy, voy
pero contradictoriamente
me espanta la idea de llegar.

martes, 18 de julio de 2017

Sobre Julia Uceda





La poesía de Julia Uceda (Sevilla, 1925) -sobradamente conocida sobre todo desde que se le concediera el premio Nacional de Poesía en 2003 por la publicación de sus obras completas -, nos ofrece el recuento de una serie de emociones sentidas de verdad,  que después de ser interiorizadas,  traen a la memoria un haz luminoso de palabras resonando en los tejidos más hondos. Allí donde podríamos ubicar imaginariamente la memoria afectiva: “cuchillos de madres como palabras, ecos/ de palabras dichas o no dichas pero/ oídas, siempre oídas”. Eso es el poema. Mostrar un reguero de posibilidades y de in-certezas.
Progresivamente la autora ha ido incorporando nuevos puntos de vista en sus textos y diversas referencias que tienden más hacia el hermetismo simbolista que hacia la anécdota de sus primeros libros. Lectora incansable no ha cerrado las puertas del saber y la curiosidad y por ello cada libro nuevo plantea una interrogación acerca del sentido de la existencia. El resultado es notorio, pues su escritura,  con cada libro,  da un paso más hacia la indagación, lejos de la mística y cualquier atisbo de religiosidad , nos arroja en un adentro. Como ha escrito Jacobo Cortines, intercala espacios de la intimidad para escuchar la voz de la memoria, sueños que son eco de otros sueños, vacíos donde se esfuma el cuerpo, territorios donde dialoga la sombra de lo que fuimos.
“Tampoco los espacios perdidos/ pesaban como ahora, calle pretérita,/ en camino a tu imagen de esta tarde./ en que veo a una yo dentro de yo sentada en la butaca/ -que entonces no veía: la madera/ muy clara de la mesa brilla bajo la luz. Fuera,/ los monjes del invierno que ya sabes...-/ cerrando un libro que nunca acabaría de leer”.
No sin cierto gusto por lo enigmático, en este poemario Julia Uceda ordena los poemas por orden alfabético. Pero el orden no marca el ritmo hacia ningún lado. Lo puedes abrir al azar.  En realidad, los poemas,  forman un círculo. Vemos que la influencia oriental acerca de la concepción del tiempo y el espacio (sincronicidad, circularidad) en la obra de Julia Uceda, cada vez más afianzada,  muestran pensamiento poético distinto al de otros compañeros de generación, lo que hace que su poesía se aleje de la tradición más castiza, algo gastada ya bajo mi punto de vista, de tanto uso, y sobre todo, porque al lector o lectora contemporáneos le pedimos a la poesía un sentido que no cuelgue tanto del tendedero de lo estético.
“Ni siquiera la memoria restos de un juego efímero/ en el que ya nada nos puede acontecer”. Las interrogaciones sobre el ser,  sobre los sueños o los recuerdos, sobre el olvido y la mirada, siempre mucho más intensa y profunda, de la poeta, dialogan  con el haya de su infancia, ahora convertido en un fuerte árbol. Es una hermosa metáfora del paso de los días, de esta manera la poesía llega de extraños lugares sin fecha y sin tiempo. “Vuelve la sombra antigua y sin sentido/ cuando la noche se despide: siempre/ la misma hora, desde hace tantos años/ la misma visitante/ ¿Ordené yo la muerte?/ Andes de despertar, dorados ojos enigmáticos / me miran con reproche, con tristeza. / Y en vano les pregunto”. El paso del tiempo posiblemente en algunos poetas convierta sus textos en logros filosóficos, porque ciertos aspectos de la realidad no carecen de poesía. La comprensión vital y generosa acerca del sentido de la existencia, eso es lo que han buscado muchos filósofos y en la poesía de Julia Uceda se extiende,  como un manto de palabras, una zona de la que nunca ha prescindido la autora de origen andaluz.  “El poeta es un ser molesto para el hombre que, simplemente, vive, porque es un ser que se adelanta a su tiempo y, en contraste, forma parte de la activa conciencia de él. Y mientras más honda es esa conciencia, más molesta para los demás”, escribió hace muchos años. 

Concha García

domingo, 25 de junio de 2017

Diarios (inédito)


Abro la casa que me ha prestado Ida Vitale y Enrique Fierro en el barrio de Pocitos de Montevideo y me encuentro con la mejor biblioteca de poesía latinoamericana que he tenido a mano nunca. Pero no solo eso. La luz entra por todas las ventanas y balcones de tal manera que siento que estoy en un sueño y que cada vez que saque un libro del anaquel,  la realidad vendrá a susurrarme que todo dura un ínfimo momento de tiempo. 

Entro en la habitación donde se guarda la literatura uruguaya, que ocupa varios estantes. Apretados tomos de Armonía Somers próximos a los de Juan Carlos Onetti,  Circe Maia,  Felisberto  Hernández,  Julio Herrera y Reissig, Juan Cunha. Más arriba de Amanda Berenguer, de Benedetti, y antologías, antologías de principios del siglo XX . Miro la hora pensando que también me apetece pasear entre las arboladas calles de marzo, recién comenzado el otoño austral.  Pero la poesía vuelve a entrar por todas partes al tomar  de la estantería un amarillento tomo con letras en rojo y negro  “Mapa de la Poesía 1939. Los nuevos valores del Uruguay. Anotaciones de Juan M. Filartigas” Editorial Albatros (no veo el año)

“El Uruguay musical triángulo de tierra, con una ancha onda azul sobre el Plata, y un cordón tierno de agua y de paisaje sobre el Uruguay, (río de los pájaros pintados según imagen guaraní). El Atlántico golpea con puño fuerte en su pecho, y en el Brasil le hace fondo con paisajes de lenta belleza sensual…”  Este recargado y pictórico prólogo acaba dando la lista de los antologados: Julio Laforgue, El Conde Lautréamont, Delmira Agustini, Florencio Sánchez, José Enrique Rodó, Julio Herrera y Reissig, Julio Supervielle, Carlos Reyles, Pedro Leandro Ipuche, Eduardo Fabini, Juana de Ibarborou (entonces tenía en prensa su poemario “La rosa de los vientos”). Me echo sobre el sofá y abro con devoción el poemario, de él se cae un díptico del antólogo,  una foto de su rostro en blanco y negro y debajo una fecha : 1929”. Mi padre tenía dos años cuando se publicó. Dejo el díptico a un lado y recorro los poemas.  

lunes, 19 de junio de 2017

Ella 3





Ella 3

Ella, alguna vez sumida en el anhelante
vaso de bourbon, o ligera cabalgata
de botellas de vino. Y díganle
que su diente nunca dio bocados
a los cuencos de finísima arcilla.